Pedro Asensio

Fondón

Nieva en Almería, felizmente

LUCAINENA

Lucainena de las Torres

Veo a mucha gente entusiasmada y feliz que disfruta con la ola de frío. Parece que las bajas temperaturas animan el espíritu. Nos gusta abrigarnos bien, salir a la calle y sentir la protección de este helor que nos invade. Pero también nos apetece exponernos un poco a la intemperie, hundir las manos en los bolsillos y encogernos levemente mientras alzamos los hombros, como si de esta forma lográramos resguardarnos mejor. Hay quienes celebran el frío escapando de la ciudad para volver la mirada hacia las casas rurales y las indispensables chimeneas, planeando encuentros hogareños frente a llamas abrasadoras y el crepitar de la leña ardiendo. “Pues yo, en cuanto salga de aquí, me voy al pueblo, enciendo el fuego y de allí no me muevo”, me confiesan durante los breves segundos de ascensor, con anticipada satisfacción. “Eso sí que es vida”, añado yo, mientras miro de reojo cuántas plantas restan para alcanzar mi destino. Y si se levantan del sofá, me advierten, será para traer más viandas que, desde luego, habrán de sacrificar en la lumbre. ¡Ay, cómo disfrutamos con el frío! Las redes sociales se inundan de paisajes nevados que deseamos compartir una y mil veces. Los pueblos de Almería muestran una belleza descarnada y salvaje que nos contagia de júbilo y, no sé muy bien por qué, también de exagerada fraternidad. Son estampas un tanto insólitas que muy pronto desaparecerán. Porque los inviernos de Almería son breves, eso sí que sí.

Líjar

Líjar

A través de la ventana diviso las cumbres nevadas de Sierra Alhamilla e imagino, no sin cierta ingenuidad, que el temporal avanza hacia el sur. Muy pronto caerán con suavidad copos de nieve sobre el Hospital Torrecárdenas, cubrirán los alrededores del Centro Comercial Alcampo, y dibujarán una estela blanca a lo largo y ancho de la avenida del Mediterráneo. Bah, soñar no cuesta nada. Entro en la cafetería y compruebo que el camarero desarrolla su labor en manga corta. Ahí lo ves, moviéndose tras la barra con destreza y eficacia, ajeno al helor que la clientela trae de la calle. Y al dejar la taza de café sobre el platillo, formula la tradicional pregunta (en estos tiempos más inapropiada que nunca): “¿Cómo quiere la leche?” Caliente, caliente, nos apresuramos a responder en tono de súplica.

Alcudia de Monteagud

Alcudia de Monteagud

Los días helados de invierno invitan al recogimiento, a la complicidad, a permanecer unidos bajo el calor de la manta, a pasar las horas devorando películas o viendo frívolos programas de televisión, a leer sin prisas. El frío se celebra y el calor se combate. Enero nos depara silencio, contemplación, sosiego. Agosto incita a la diversión y al ajetreo. Con el frío nos acurrucamos en la cama y permanecemos inmóviles, soportando el peso de las mantas con indescriptible placer. En verano nos tumbamos sobre el colchón, libres de carga, despojados de prendas, dispuestos a todo. Los inviernos de Almería son efímeros, porque uno tiene la sensación de que pronto desapareceran los fríos, las nieves, el hielo.

Pero volverán las estampas de siempre, y recordaremos, eso sí, que el último invierno nevó en Almería, felizmente.

Fondón

Fondón