Pedro Asensio

Adopciones

La quietud

Entro en la librería, me dirijo hacia la mesa de novedades, selecciono alguna que otra novela y leo su comienzo. Escojo al azar varias páginas de su interior y continúo ojeando. Quiero comprobar que el estilo, esa personalísima combinación “musical” (sí, he escrito bien) de melodía y armonía narrativa me convence. ¡Estupendo! Me convence. Y ahora me formulo dos preguntas: ¿He leído algo de este autor? Negativo ¿De qué va esta novela? Veamos la sinopsis de la contraportada. Mmm… Parece que promete. La compro. Así es como llego a Ignacio Ferrando y La quietud (Tusquets, 2017).
9788490663912Héctor es un arquitecto y profesor de universidad que vive una apasionada historia de amor con una alumna, Ann, 16 años menor. Un día recibe una llamada de teléfono que desencadena un punto de inflexión en su aparente y placentera “nueva vida de hombre cuarentón en proceso de divorcio”. Su todavía esposa, Julia, le informa que han llamado de la agencia que gestiona las adopciones, para confirmarle que, por fin, le han asignado un niño. Estupor. Conmoción. Inquietud. Un asunto que había olvidado. “Se llama Dimitri, aunque todos lo llaman Dima. Está en una institución de Chitá, en Siberia Oriental, a dieciséis mil trescientos doce kilómetros de aquí”. La primera reacción de Héctor será de rechazo. Pero Julia intentará convencerlo: “Tú pondrás los límites. Yo me encargaré de sus necesidades. De todo. Sabes que no puedo adoptar sola, que no hay un solo país del mundo donde eso se pueda hacer con garantías”.
Uf, ¿y ahora qué?
Confieso que siento una especial predilección por las novelas que desde su inicio plantean un dilema moral. La quietud, además, introduce un factor de intriga aderezado con los clásicos ingredientes que suelen acompañar a ese subgénero (podríamos catalogar) de obras sobre “crisis de pareja”, a saber: cuestionamiento del matrimonio, proceso de separación, el desamor como deconstrucción vital, la enfermedad de la rutina (inevitable recordar a Juan Bonilla y su “tarde o temprano a la rutina se le cae la t”), los hijos y la responsabilidad de los padres, la frustración, el sexo, las expectativas, etcétera, etcétera, etcétera.
Buena parte de esta clase de novelas se basan en proyectar el curso de la acción hacia un final que no podemos aventurar con certeza, pero que se nos antoja previsible. En este caso, uno no termina de ver la luz al final del túnel, aunque habrá otros, no digo que no, que divisarán futuros esperanzadores. “La vida son cuatro días y yo por el tercero voy”, que diría Carlos Goñi en una de sus más celebradas canciones, ¿no? Pues eso pensará el protagonista y narrador, quien parece quedar atrapado en un dicotómico monólogo interior donde existen dos fuerzas, por una parte, Julia y la posible llegada de un hijo como elemento estabilizador (o todo lo contrario); por otra parte,  el recuerdo jovial de Ann, una suerte de renacimiento con sus pertinentes dosis de erotismo. Y como factor persistente, la duda. Y como escenario, Rusia, ciudades siberianas deprimentes e impersonales, ancladas en en el caos de la planificación comunista, siempre bajo cero, con un gélido ambiente que se contagia al corazón de los protagonistas. Y de ahí, inevitablemente, al lector. La novela, lejos de concentrarse en una sesuda exposición del dilema en el que Héctor se halla inmerso, no abandona en ningún momento vivencias y sucesos que le confieren un aire muy activo y hasta cinematográfico. La trama, los perfiles psicológicos de sus personajes, la recreación de los ambientes, mostrándonos ese ignoto mundo de adopciones, todo, en suma, nos depara una obra literaria altamente satiuntitledsfactoria. En su página de facebook, Ignacio Ferrando ha declarado que “aunque la intención primera del libro nunca fue la de visualizar este problema, es un efecto colateral que agradezco”. Y coincido. Porque, si bien el asunto de la adopción mantiene un decisivo eje lineal, el autor no deja de abordar otros muchos aspectos que solo  una pequeña porción de las mesas de novedades puede ofrecer.
“La quietud” es una lograda y muy recomendable novela, cimentada sobre un impecable y atractivo argumento, de extraordinaria fluidez, sin apenas desfallecimientos o fisuras que pudieran malograr las expectativas despositadas inicialmente. He aquí un descubrimiento. Tirando de tópico, tendría que terminar con algo parecido a “habrá que seguir atentamente la trayectoria  de este prometedor autor”. Pero Ferrando, ni es prometedor (que ya tiene un importante bagaje profesional) ni yo soy muy amigo de tópicos. Anoten pues: Ignacio Ferrando y La quietud.