Pedro Asensio

Memoria de la excursión al Marruecos Español

Rueda de Prensa

Acompañado por la delegada de Cultura de la Junta y la archivera provincial

Este miércoles, 7 de mayo, tuve la oportunidad de presentar en el Archivo Histórico Provincial el documento del mes. Esta iniciativa surge con el propósito de divulgar y fomentar el conocimiento de los fondos existentes en el Archivo, y consiste en mostrar a la opinión pública, de una forma abierta (y sin necesidad de solicitar el expediente concreto), algún documento que, dado su singularidad o importancia, ayude a conocer mejor algún periodo de la historia de Almería. A continuación transcribo un resumen de mi intervención

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Portada de la Memoria del alumno Dionisio Castillo

alumnosMarruecos

Estudiantes y profesores del Instituto de Bachillerato de Almería

La Memoria de la Excursión al Marruecos Español, escrita por Dionisio Castillo, un estudiante de bachillerato en julio de 1946, constituye un valiosísimo testimonio documental sobre una de las actividades extraacadémicas más singulares y sorprendentes desarrolladas por el Instituto de Almería, en aquellos difíciles y azarosos años cuarenta.  En efecto, si España se sobreponía a duras penas a las tremendas limitaciones de la posguerra, en Almería, la superación de las dificultades para subsistir eran aún mayores. La vida de una gran parte de la población almeriense estaba marcada por la miseria, el hambre y la desolación. Conviene recordar que tres años antes de la excursión, justo cuando el General Franco visitaba la provincia por primera vez, se aprobaba el Decreto de Adopción, un texto legal que reconocía la trágica singularidad de una de las ciudades más pobres y necesitadas de toda España.   En aquella Almería de 70.000 habitantes, era muy habitual que los niños y adolescentes que lograban finalizar los estudios en la escuela primaria se incorporaran, en calidad de aprendices, a un precario y mal remunerado mercado laboral; las chicas, por otra parte, se dedicaban a las faenas de su propio hogar o, todo lo más, como asistentes en otras viviendas o iniciándose como modistas en una academia de corte y confección. Para quienes decidían (y podían permitirse) seguir estudiando, Almería disponía de varios centros educativos, como el ya citado Instituto de Bachillerato, la Escuela de Artes y Oficios, algunos colegios religiosos (La Salle, Diocesano), la Escuela Normal de Magisterio y la Escuela de Comercio.   El Instituto de Bachillerato, único en toda la provincia, se ubicaba en el antiguo

autocar

La expedición, antes de partir en autobús.

convento de los Dominicos (actual Escuela de Artes), anexo a la Patrona por entonces, una de tantas iglesias en proceso de restauración tras la devastación perpetrada por insurgentes bandas de milicianos, en el verano del 36. En el curso 1945-46, el centro contaba con 1.505 alumnos en sus siete cursos de bachillerato. Por sus aulas impartían clase personajes tan señalados en la historia de esta ciudad como la catedrática de Lengua y Literatura, Celia Viñas (jefa de estudios desde finales de 1944); el catedrático de Ciencias Naturales, Ignacio Cubillas; el director espiritual, posteriormente vicario de la diócesis, don Andrés Pérez Molina; o el director y catedrático de Matemáticas, don Francisco Sainz Sanz.   Organizar una expedición como la que se expone en esta memoria no debía de resultar una tarea sencilla para el claustro de profesores. Muy pocos eran los alumnos que podían permitirse el lujo de salir de viaje cuando a sus familias apenas les llegaba para comprar material escolar, calzarse unos zapatos o incluso cenar. Y aun disponiendo de recursos económicos, en aquel año 46, no todos los estudiantes podían inscribirse en esos viajes, conocidos como “Premio José Antonio” y cuya existencia se debe al gobernador Manuel García del Olmo, que los instauró conocasión de la feria del libro de 1944. Estas expediciones de fin de curso nacieron con el propósito de recompensar a los alumnos de 5º, 6º y 7º cuya nota media superara los nueve puntos. El Gobierno Civil colaboraba económicamente, a la vez que ayudaba a tramitar los permisos y visados, sobre todo en los casos como el que nos ocupa, donde los desplazamientos por el norte de Marruecos, en un territorio que, stricto sensu, no formaba parte del Estado Español, resultaban complejos de programar. El primer viaje de estudios, en 1944, se desarrolló por diferentes provincias de Andalucía; al año siguiente, se visitó Madrid y otras ciudades de Castilla, como Ávila, Salamanca y Toledo; en 1946, el Protectorado Español; en 1947, el Norte de España y en 1948, Levante y Baleares. A partir de ese curso, y durante dos años, se suspendieron los viajes por razones económicas. Sería precisamente Celia Viñas quien, con la inestimable ayuda del director, Francisco Sainz Sanz, lograría convencer al  gobernador de entonces, Urbina Carrera, para que esos viajes, subvencionados en parte por la Administración del Estado, se ampliaran a todo el alumnado, y no solo a quienes obtenían unas calificaciones excepcionales.   El viaje por el Protectorado Español no debió de ser fácil de planificar, insistimos en ello. Desde los despachos de la calle de Arapiles, los funcionarios contactaban con los Gobiernos Civiles
de las capitales por las que habría de pasar la expedición, con el propósito de facilitar las estancias, excursiones, entradas a lugares turísticos de interés y, con suerte, alguna que otra comida de carácter entre institucional y lúdico. En este viaje de 1946, la complejidad logística residía en obtener los visados por parte del Alto Comisariado, máximaautoridad administrativa del Protectorado Español. Recordemos que el régimen jurídico del Marruecos español se remonta al Real Decreto de 1913, por el que España asentaba una administración dual, compartida con la marroquí, al  frente de la cual existía un delegado del Sultán, el Jaliva, y el Alto Comisariado. La división territorial delceliaymadre Norte de Marruecos se estableció en cinco regiones cuyas capitales eran Larache, Tetuán, Xauen, Villa Alhucemas y Nador.   La expedición salió de Almería un lunes,  15 de julio, y llegó  a Málaga por la tarde, en un viaje de más de ocho horas, que transcurría por la sinuosa y angosta carretera de la costa Mediterránea. En la primera jornada, los estudiantes y profesores visitaron la Alcazaba y al día siguiente, la Finca de la Concepción y su jardín botánico, Gibralfaro, Torremolinos, la Catedral y el acuario. El miércoles, tras hacer una breve escala en Marbella y San Roque, llegaron a Algeciras, donde embarcaron en el navío Ciudad de Ceuta. La travesía duró hora y media. “El mar estaba tranquilo, Dios estaba con nosotros”, confesaba el alumno en su entrañable narración. Al llegar a Ceuta tomaron un tren que los condujo hasta Tetuán. “La Delegación de Cultura del Comisariado Español es una auténtica maravilla. El delegado de cultura era el coronel de Miguel, que nos atendió amablemente”. Aquí se constata que gran parte de la logística del viaje cuenta con el apoyo institucional que le prestan las autoridades gubernativas, fundamentalmente militares.  Desde la bella ciudad de Tetuán emprendieron cada día diversas excursiones a Larache, Arcila y Xauen. “Larache es un país bonito, su plaza de España, su entrada hermoseada con las flores de la achillea; el murmullo de las olas atlánticas la diferencia de las tierras orientales. El puerto está situado en la desembocadura del Lucus y es frecuentado por pequeños barcos”, describe con naturalidad y precisión el bachiller. En Xauen visitan una fábrica de alfombras y en Retama (Región de Alcazarquivir)  descubren un sanatorio africano donde veraneaban personas de diversas nacionalidades. En Villa Sanjurjo conocen la residencia del coronel Sánchez Pérez, otro de los anfitriones de la expedición. En la ciudadtetuán española de Melilla, última escala del viaje por el norte de África, recorren las minas del Rif y se acercan hasta la vecina Villa de Nador, donde almuerzan con el coronel Bocina en el Club Náutico. El 27 de julio, sábado, embarcan en el legendario Vicente Pujol para surcar el Mediterráneo y atracar en el puerto de Málaga. Desde esta ciudad iniciarán el viaje de regreso. El autobús llegará al Paseo de Almería dos semanas después, un domingo del caluroso verano de 1946.   El trabajo de este alumno, Dionisio Castillo, ofrece una presentación muy cuidada, con encuadernación de tapas duras o cartoné y escrita con una esmerada caligrafía. A lo largo de sus páginas se insertan fotografías que contribuyen a ilustrar los diferentes pasajes y jornadas de la expedición almeriense. Destaca el buen nivel de la redacción, correcto en la sintaxis y con un estilo cuidado y rico en detalles, lo que acredita el alto nivel académico de estos aventajados  alumnos de bachillerato.