Pedro Asensio

LOS JUANORROS

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A la salida de El Alquián en dirección a Níjar podía leerse una señal que indicaba su existencia: JUANORROS 7. Cada vez que pasábamos por allí, sentía la curiosidad de saber algo más sobre aquel remoto núcleo de población. “¿Papá, has estado alguna vez en ese pueblo?”, le pregunté. “¿Los Juanorros?, pues claro. Pero no es un pueblo, sino una cortijada”, respondió mi padre, policía local de profesión. Nunca he conocido a nadie que dominara con tanta precisión los más insospechados rincones del término municipal. Y es que, además de guardia, mi padre completaba su modesto sueldo trabajando por las mañanas en una oficina de Contribuciones (Impuesto sobre bienes inmuebles), y cuando libraba de lo uno y de lo otro, cobraba a domicilio “recibos de los muertos”, también llamados pomposamente “seguros de decesos”. Almería no tenía secretos para él. Siempre me demostró un infinito amor por su ciudad y, consecuentemente, un extraordinario conocimiento del callejero, sea cual fuera la vía, plaza, carretera, paraje, cueva o cortijada. En una ocasión, tras una de esas largas jornadas de verano en las que regresábamos de la playa, le pedí que nos adentráramos por aquel sinuoso y desolado terreno. Me dijo que allí no había mucho que ver, y que el camino era prácticamente intransitable. “Además, pronto oscurecerá”, añadió, dando por zanjada mi aventurada pretensión. Desde luego, ni era el momento ni disponíamos del vehículo apropiado para circular por el enigmático camino. Nos hallábamos atrapados en una de esas clásicas retenciones domingueras, agravada por las fiestas de El Alquián (procesión incluida, creo recordar). “Algún día visitaré Los Juanorros”, me prometí entonces. Pasaron los años, la travesía se desvió y, posteriormente, El Alquián quedó conectado con la autovía a través de la N-349, carretera de acceso cuya bajada ofrece una de las mejores panorámicas de la bahía almeriense. La señal de JUANORROS 7 desaparecería de aquel lugar, pero no de mi memoria.

Poblado de Los Juanorros en 2017.
Poblado de Los Juanorros en 2017.

Cierto día conseguí por fin cumplir mi sueño. El Ayuntamiento acababa de asfaltar un camino rural que, partiendo de la carretera de Cuevas de los Medinas, a unos quinientos metros de la glorieta ubicada en la N-344, cruza por debajo de la autovía y atraviesa la Boquera de la Jaca y la Boquera del Aljibillo, para morir en el citado paraje. Aquella primera y entusiasta visita me animó, incluso, a que el lugar figurara en una de mis novelas. Pero esa no era la recordada vereda terregosa que nacía a las afueras de El Alquián. En efecto, el antiguo camino de Los Juanorros discurre paralelo por la singular N-349 (probablemente, algunos tramos hayan desaparecido), alcanza la rotonda del PITA, gira a la derecha por una vía de servicio, atraviesa la rambla del 18 de Septiembre, y se interna, dirección norte, por la loma de Atocha hasta desembocar en la Hoya del Valenciano, donde confluye con el camino asfaltado por el Ayuntamiento.

En Los Juanorros se levantan unas pocas viviendas de cuidado aspecto, modernos invernaderos de estructuras consistentes y, ¡atención!, un edificio de planta cuadrangular, con ventanas en ambos laterales y una cruz de hierro que corona su fachada sur. Se trata de la escuela-capilla, auspiciada por el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Almería. Su inauguración se remonta al 1 de noviembre de 1961, Día Universal del Ahorro. Por aquel entonces, buena parte de los beneficios del “Montepío”, institución financiera tutelada por el Obispado, se destinaba a obras sociales: guarderías (El Alquián, Pescadería), comedores infantiles (Regiones), dispensarios (San Cristóbal) o escuelas-capilla (Amatisteros y Los Juanorros). Así relata el diario Yugo la jornada de la inauguración:

“En un lugar inhóspito, donde solo se ven algunas chumberas y cactus, más propia para rodar películas que para ser habitado, residen unas cuantas familias en pequeñas viviendas y cuevas, sin luz ni caminos transitables, con un cortísimo caudal de agua de una fuente próxima que apenas cubre las mínimas necesidades. Por iniciativa del Excmo. Sr. Obispo, la Caja de Ahorros ha construido una escuela amplia, que se utilizará al propio tiempo como Capilla, y una vivienda para la maestra”.

Inevitable imaginar a esa entrañable maestra recibiendo cada mañana a su alumnado de Los Juanorros, o aguardando la llegada de esos niños y niñas que bajaban desde Cuevas de los Úbedas, cortijadas de Yeseras o cualquier otro remoto lugar en las inmediaciones de Alhamilla. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. A pesar del estado de abandono de la escuela y del inexorable avance de los invernaderos, el entorno mantiene su inmarchitable encanto. Nos evoca una Almería descarnadamente pobre, una Almería lejana y agreste habitada por gentes humildes, sencillas y abnegadas. Aquella economía de subsistencia originó el despoblamiento, y sus resignados moradores se asentaron en El Alquián, La Cañada o la capital. Muchos otros emigraron fuera de la región. En la actualidad, una innovadora y próspera agricultura transforma esas baldías extensiones en imponentes campos de producción.

Regreso a la ciudad descendiendo por ese mítico camino que atraviesa lomas y hoyas tintadas de ocre, matorral y zarzas. Me detengo y contemplo a lo lejos la cortijada de Los Juanorros. La calima, bajo el inmenso sol de Almería, se extiende por toda la llanura. Al sur, como siempre, el mar.