Pedro Asensio

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Dimisión

Captura de pantalla 2017-04-26 a las 18.11.54No existiría corrupción política si todas las autoridades y cargos públicos, sin excepción, compartieran los mismos postulados éticos, es decir, una inequívoca idea del bien y del deber. Para espantar cualquier tentación y garantizar ese mundo ideal donde imperara el derecho natural, bastaría con que cada cual mantuviera a ultranza un comportamiento coherente con su propia concepción filosófica. Pero como sabemos que esta premisa general resulta utópica (y un tanto ingenua, sospecho), le pedimos –exigimos- a nuestro Estado de Derecho que funcionen las instituciones jurídicas, que se persiga al delincuente, que se le juzgue y, en última instancia, se le castigue de acuerdo con el Código Penal. Deseamos también que la sociedad no se muestre indiferente ante los actos ilícitos. Un país corrupto no es solo aquel que refleja una alta impunidad frente a los abusos y desmanes cometidos por las autoridades. Que la ciudadanía, por acción u omisión, acepte resignada un estatu quo putrefacto y perverso también constituye un síntoma de letal enfermedad. Por esto es tan importante que los medios de comunicación, ese denominado “cuarto poder”, denuncien y divulguen noticias que reflejen un veraz testimonio de los hechos delictivos protagonizados por nuestra clase política. Finalmente, me parece decisivo que en determinados y flagrantes casos,  quienes ostentan altos puestos jerárquicos en la Administración o en los partidos, aun sin ser sujetos del ilícito penal, dimitan. Porque abandonar una tarea pública asumiendo parte de responsabilidad por la designación de los equipos o cargos de confianza, implica exteriorizar un acto moral y ejemplarizante que se manifiesta como llamada de atención para el resto de la organización. El corrupto, ajeno a la ética del bien, ha de temer a la Justicia, a los medios de comunicación, a la sociedad y a su propia organización política. Que el fantasma de la impunidad nunca se salga con la suya.

Rumbos, un acertado juego de tetris

rumbos-102517841-largeRumbos es una película basada en la sucesión de diferentes historias que, en principio, no parecen guardar relación alguna. Pero en el denominado cine coral (también en literatura), resulta inevitable imaginar que las piezas, tarde o temprano, encajarán como en un puzzle. O mejor, como en un juego de tetris. En efecto, estaríamos ante un tetris cinematográfico en el que las secuencias supuestamente independientes aparecen y se alternan hasta llegar a un final más o menos previsible. Así pues, aguardamos expectantes el momento en el que se producirá la conexión de emociones, pasiones, engaños, encuentros y desencuentros protagonizados por unos personajes que, en su sencillez y humanidad (también en sus dramas y miserias) se erigen en microrepresentantes magistrales de la vida misma. Pero no seré yo quien anuncie si la convergencia se materializa, porque a veces, incluso después de visionar la película, uno continúa girando las piezas de este particular tetris mientras desafía la ley de la gravedad. Rumbos, segundo largometraje que dirige con talento y sensibilidad la cineasta murciana Manuela Burló, nos regala un guión inteligente bien pertrechado de ternura y tensión. Las imágenes nocturnas de Barcelona alcanzan una arrebatadora belleza. Es probable que la excelente banda sonora haya contribuido a mi favorable opinión. La ciudad se presenta con los elementos más característicos de toda urbe que se precie: amplias avenidas bien iluminadas, cruces de calles, semáforos, gasolineras de extrarradio, taxis, autobuses urbanos, policías, ambulancias, altos bloques de viviendas salpicados por infinitos puntos de luz donde vive (o duerme) la gente…
En los asientos delanteros de un coche presenciamos cómo un hombre provoca la amarga turbación de su novia, al anunciarle de repente, y con unos peculiares y controvertidos argumentos, la ruptura de la relación. ¿Pues no iba todo bien?, se preguntará ella. Por el contrario, un taxista (qué buen actor es Karra Elejalde) comparte el apasionado amor que profesa a su esposa a través de un programa radiofónico destinado a solitarios e insomnes. Unos jóvenes atraviesan las calles de Barcelona a toda velocidad en un flamante descapotable. En el interior de una ambulancia, dos tipos, uno feliz y otro no tanto, agotan las últimas horas de la noche mientras se confían ciertos secretos. Vemos a un camionero tímido e inseguro que dice amar a una mujer pero jamás se lo ha confesado.
Leyendo esta crítica puede que la sombra de Robert Altman y el clásico largometraje “Vidas cruzadas”, basada en los extraordinarios relatos de Raymond Carver (en casos de adaptaciones suelo preferir el libro) planee sobre el lector. Pero no, descuida. Jamás te encontrarás con dos productos corales similares, ya sean en cine o en literatura.
Existen películas muy peliculeras, tan entretenidas como inverosímiles, que nos muestran un mundo que nunca podrá ser verdad. Otras, en cambio, resultan de una apariencia tan real que llegan a conmover. Rumbos podría ser de estas últimas, aunque también y por momentos, un poco de las otras. Y en eso también reside su acierto. Como en el juego de tetris, en ocasiones las piezas se acoplan a la perfección, y en otras no. Y eso no siempre depende del guión, ni de los actores, ni de la dirección. Porque en los tetris cinematográficos, el comando pertenece en última instancia a los espectadores. Rumbos es una película compacta y altamente recomendable dirigida por Manuela Burló, a quien, por cierto, habrá que seguir con interés en sus futuros trabajos.