Pedro Asensio

blog

LOS JUANORROS

bc326ed3-72e4-44cf-af4f-fde14594f76f

A la salida de El Alquián en dirección a Níjar podía leerse una señal que indicaba su existencia: JUANORROS 7. Cada vez que pasábamos por allí, sentía la curiosidad de saber algo más sobre aquel remoto núcleo de población. “¿Papá, has estado alguna vez en ese pueblo?”, le pregunté. “¿Los Juanorros?, pues claro. Pero no es un pueblo, sino una cortijada”, respondió mi padre, policía local de profesión. Nunca he conocido a nadie que dominara con tanta precisión los más insospechados rincones del término municipal. Y es que, además de guardia, mi padre completaba su modesto sueldo trabajando por las mañanas en una oficina de Contribuciones (Impuesto sobre bienes inmuebles), y cuando libraba de lo uno y de lo otro, cobraba a domicilio “recibos de los muertos”, también llamados pomposamente “seguros de decesos”. Almería no tenía secretos para él. Siempre me demostró un infinito amor por su ciudad y, consecuentemente, un extraordinario conocimiento del callejero, sea cual fuera la vía, plaza, carretera, paraje, cueva o cortijada. En una ocasión, tras una de esas largas jornadas de verano en las que regresábamos de la playa, le pedí que nos adentráramos por aquel sinuoso y desolado terreno. Me dijo que allí no había mucho que ver, y que el camino era prácticamente intransitable. “Además, pronto oscurecerá”, añadió, dando por zanjada mi aventurada pretensión. Desde luego, ni era el momento ni disponíamos del vehículo apropiado para circular por el enigmático camino. Nos hallábamos atrapados en una de esas clásicas retenciones domingueras, agravada por las fiestas de El Alquián (procesión incluida, creo recordar). “Algún día visitaré Los Juanorros”, me prometí entonces. Pasaron los años, la travesía se desvió y, posteriormente, El Alquián quedó conectado con la autovía a través de la N-349, carretera de acceso cuya bajada ofrece una de las mejores panorámicas de la bahía almeriense. La señal de JUANORROS 7 desaparecería de aquel lugar, pero no de mi memoria.

Poblado de Los Juanorros en 2017.
Poblado de Los Juanorros en 2017.

Cierto día conseguí por fin cumplir mi sueño. El Ayuntamiento acababa de asfaltar un camino rural que, partiendo de la carretera de Cuevas de los Medinas, a unos quinientos metros de la glorieta ubicada en la N-344, cruza por debajo de la autovía y atraviesa la Boquera de la Jaca y la Boquera del Aljibillo, para morir en el citado paraje. Aquella primera y entusiasta visita me animó, incluso, a que el lugar figurara en una de mis novelas. Pero esa no era la recordada vereda terregosa que nacía a las afueras de El Alquián. En efecto, el antiguo camino de Los Juanorros discurre paralelo por la singular N-349 (probablemente, algunos tramos hayan desaparecido), alcanza la rotonda del PITA, gira a la derecha por una vía de servicio, atraviesa la rambla del 18 de Septiembre, y se interna, dirección norte, por la loma de Atocha hasta desembocar en la Hoya del Valenciano, donde confluye con el camino asfaltado por el Ayuntamiento.

En Los Juanorros se levantan unas pocas viviendas de cuidado aspecto, modernos invernaderos de estructuras consistentes y, ¡atención!, un edificio de planta cuadrangular, con ventanas en ambos laterales y una cruz de hierro que corona su fachada sur. Se trata de la escuela-capilla, auspiciada por el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Almería. Su inauguración se remonta al 1 de noviembre de 1961, Día Universal del Ahorro. Por aquel entonces, buena parte de los beneficios del “Montepío”, institución financiera tutelada por el Obispado, se destinaba a obras sociales: guarderías (El Alquián, Pescadería), comedores infantiles (Regiones), dispensarios (San Cristóbal) o escuelas-capilla (Amatisteros y Los Juanorros). Así relata el diario Yugo la jornada de la inauguración:

“En un lugar inhóspito, donde solo se ven algunas chumberas y cactus, más propia para rodar películas que para ser habitado, residen unas cuantas familias en pequeñas viviendas y cuevas, sin luz ni caminos transitables, con un cortísimo caudal de agua de una fuente próxima que apenas cubre las mínimas necesidades. Por iniciativa del Excmo. Sr. Obispo, la Caja de Ahorros ha construido una escuela amplia, que se utilizará al propio tiempo como Capilla, y una vivienda para la maestra”.

Inevitable imaginar a esa entrañable maestra recibiendo cada mañana a su alumnado de Los Juanorros, o aguardando la llegada de esos niños y niñas que bajaban desde Cuevas de los Úbedas, cortijadas de Yeseras o cualquier otro remoto lugar en las inmediaciones de Alhamilla. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. A pesar del estado de abandono de la escuela y del inexorable avance de los invernaderos, el entorno mantiene su inmarchitable encanto. Nos evoca una Almería descarnadamente pobre, una Almería lejana y agreste habitada por gentes humildes, sencillas y abnegadas. Aquella economía de subsistencia originó el despoblamiento, y sus resignados moradores se asentaron en El Alquián, La Cañada o la capital. Muchos otros emigraron fuera de la región. En la actualidad, una innovadora y próspera agricultura transforma esas baldías extensiones en imponentes campos de producción.

Regreso a la ciudad descendiendo por ese mítico camino que atraviesa lomas y hoyas tintadas de ocre, matorral y zarzas. Me detengo y contemplo a lo lejos la cortijada de Los Juanorros. La calima, bajo el inmenso sol de Almería, se extiende por toda la llanura. Al sur, como siempre, el mar.

LA DISTANCIA DE LA CONVERSACIÓN

Releo pasajes sueltos de “Prosas apátridas”, de Julio Ramón Ribeyro (Seix Barral, 2007), un inclasificable de obligada lectura.
Prosas-apátridas“Distancia: a doscientos metros no podemos saber si una mujer es bella. A unos centímetros todas son iguales. La percepción de la belleza necesita cierto margen espacial, que varía no sólo de acuerdo al observador, sino también de acuerdo al objeto observado. Entre nosotros decíamos sobre algunas mujeres, utilizando una expresión ya convenida, <<tiene buen lejos>>, pues a cierta distancia parecía guapa, pero apenas se acercaba no lo era. Otras en cambio tienen <<buen cerca>>, pero al alejarse notamos que son desproporcionadas o flacas o con las piernas torcidas. ¿Qué distancia debe servirnos de patrón para dar un veredicto estético sobre una persona? Un amigo, a quien hice esta consulta, me respondió: <<La distancia de la conversación>>”. 

La quietud

Entro en la librería, me dirijo hacia la mesa de novedades, selecciono alguna que otra novela y leo su comienzo. Escojo al azar varias páginas de su interior y continúo ojeando. Quiero comprobar que el estilo, esa personalísima combinación “musical” (sí, he escrito bien) de melodía y armonía narrativa me convence. ¡Estupendo! Me convence. Y ahora me formulo dos preguntas: ¿He leído algo de este autor? Negativo ¿De qué va esta novela? Veamos la sinopsis de la contraportada. Mmm… Parece que promete. La compro. Así es como llego a Ignacio Ferrando y La quietud (Tusquets, 2017).
9788490663912Héctor es un arquitecto y profesor de universidad que vive una apasionada historia de amor con una alumna, Ann, 16 años menor. Un día recibe una llamada de teléfono que desencadena un punto de inflexión en su aparente y placentera “nueva vida de hombre cuarentón en proceso de divorcio”. Su todavía esposa, Julia, le informa que han llamado de la agencia que gestiona las adopciones, para confirmarle que, por fin, le han asignado un niño. Estupor. Conmoción. Inquietud. Un asunto que había olvidado. “Se llama Dimitri, aunque todos lo llaman Dima. Está en una institución de Chitá, en Siberia Oriental, a dieciséis mil trescientos doce kilómetros de aquí”. La primera reacción de Héctor será de rechazo. Pero Julia intentará convencerlo: “Tú pondrás los límites. Yo me encargaré de sus necesidades. De todo. Sabes que no puedo adoptar sola, que no hay un solo país del mundo donde eso se pueda hacer con garantías”.
Uf, ¿y ahora qué?
Confieso que siento una especial predilección por las novelas que desde su inicio plantean un dilema moral. La quietud, además, introduce un factor de intriga aderezado con los clásicos ingredientes que suelen acompañar a ese subgénero (podríamos catalogar) de obras sobre “crisis de pareja”, a saber: cuestionamiento del matrimonio, proceso de separación, el desamor como deconstrucción vital, la enfermedad de la rutina (inevitable recordar a Juan Bonilla y su “tarde o temprano a la rutina se le cae la t”), los hijos y la responsabilidad de los padres, la frustración, el sexo, las expectativas, etcétera, etcétera, etcétera.
Buena parte de esta clase de novelas se basan en proyectar el curso de la acción hacia un final que no podemos aventurar con certeza, pero que se nos antoja previsible. En este caso, uno no termina de ver la luz al final del túnel, aunque habrá otros, no digo que no, que divisarán futuros esperanzadores. “La vida son cuatro días y yo por el tercero voy”, que diría Carlos Goñi en una de sus más celebradas canciones, ¿no? Pues eso pensará el protagonista y narrador, quien parece quedar atrapado en un dicotómico monólogo interior donde existen dos fuerzas, por una parte, Julia y la posible llegada de un hijo como elemento estabilizador (o todo lo contrario); por otra parte,  el recuerdo jovial de Ann, una suerte de renacimiento con sus pertinentes dosis de erotismo. Y como factor persistente, la duda. Y como escenario, Rusia, ciudades siberianas deprimentes e impersonales, ancladas en en el caos de la planificación comunista, siempre bajo cero, con un gélido ambiente que se contagia al corazón de los protagonistas. Y de ahí, inevitablemente, al lector. La novela, lejos de concentrarse en una sesuda exposición del dilema en el que Héctor se halla inmerso, no abandona en ningún momento vivencias y sucesos que le confieren un aire muy activo y hasta cinematográfico. La trama, los perfiles psicológicos de sus personajes, la recreación de los ambientes, mostrándonos ese ignoto mundo de adopciones, todo, en suma, nos depara una obra literaria altamente satiuntitledsfactoria. En su página de facebook, Ignacio Ferrando ha declarado que “aunque la intención primera del libro nunca fue la de visualizar este problema, es un efecto colateral que agradezco”. Y coincido. Porque, si bien el asunto de la adopción mantiene un decisivo eje lineal, el autor no deja de abordar otros muchos aspectos que solo  una pequeña porción de las mesas de novedades puede ofrecer.
“La quietud” es una lograda y muy recomendable novela, cimentada sobre un impecable y atractivo argumento, de extraordinaria fluidez, sin apenas desfallecimientos o fisuras que pudieran malograr las expectativas despositadas inicialmente. He aquí un descubrimiento. Tirando de tópico, tendría que terminar con algo parecido a “habrá que seguir atentamente la trayectoria  de este prometedor autor”. Pero Ferrando, ni es prometedor (que ya tiene un importante bagaje profesional) ni yo soy muy amigo de tópicos. Anoten pues: Ignacio Ferrando y La quietud.

 

Dimisión

Captura de pantalla 2017-04-26 a las 18.11.54No existiría corrupción política si todas las autoridades y cargos públicos, sin excepción, compartieran los mismos postulados éticos, es decir, una inequívoca idea del bien y del deber. Para espantar cualquier tentación y garantizar ese mundo ideal donde imperara el derecho natural, bastaría con que cada cual mantuviera a ultranza un comportamiento coherente con su propia concepción filosófica. Pero como sabemos que esta premisa general resulta utópica (y un tanto ingenua, sospecho), le pedimos –exigimos- a nuestro Estado de Derecho que funcionen las instituciones jurídicas, que se persiga al delincuente, que se le juzgue y, en última instancia, se le castigue de acuerdo con el Código Penal. Deseamos también que la sociedad no se muestre indiferente ante los actos ilícitos. Un país corrupto no es solo aquel que refleja una alta impunidad frente a los abusos y desmanes cometidos por las autoridades. Que la ciudadanía, por acción u omisión, acepte resignada un estatu quo putrefacto y perverso también constituye un síntoma de letal enfermedad. Por esto es tan importante que los medios de comunicación, ese denominado “cuarto poder”, denuncien y divulguen noticias que reflejen un veraz testimonio de los hechos delictivos protagonizados por nuestra clase política. Finalmente, me parece decisivo que en determinados y flagrantes casos,  quienes ostentan altos puestos jerárquicos en la Administración o en los partidos, aun sin ser sujetos del ilícito penal, dimitan. Porque abandonar una tarea pública asumiendo parte de responsabilidad por la designación de los equipos o cargos de confianza, implica exteriorizar un acto moral y ejemplarizante que se manifiesta como llamada de atención para el resto de la organización. El corrupto, ajeno a la ética del bien, ha de temer a la Justicia, a los medios de comunicación, a la sociedad y a su propia organización política. Que el fantasma de la impunidad nunca se salga con la suya.

Encuentros

El otro día celebré en Murcia una comida con mis compañeros de la Facultad de Económicas y Empresariales. La emoción que genera este tipo de acontecimientos resulta directamente proporcional al tiempo transcurrido desde el último encuentro. Precisión propia de economistas, pensarán. Y como hacía bastante tiempo que no nos veíamos, la alegría fue enorme. Es emocionante comprobar que, a pesar de los años, se mantiene un imperecedero lazo de unión, una suerte de código secreto, un vínculo dotado de una WhatsApp Image 2017-02-24 at 19.17.28química especial que nos permite mantener una conversación fluida y confiada, sin que la distancia ni el tiempo hayan podido deteriorar ni un ápice la especial complicidad que pensábamos malograda. Si fray Luis de León, tras una larga estancia en la cárcel, reanudó sus clases con la célebre frase “como decíamos ayer”, los compañeros y amigos de facultad, por analogía, restablecemos el contacto, veinticinco años después, como si acabáramos de salir de un examen de Econometría cualquiera, e iniciáramos una apasionada charla mientras nos dirigimos a las tascas, dispuestos a celebrar (u olvidar). Pero no son los exámenes, ni las clases de Econometría, ni las ilusiones, ni las inquietudes juveniles, ni los acontecimientos diarios de entonces los que ahora prevalecen entre los temas tratados en estas citas cincuentañeras. Desde luego, en estos encuentros siempre habrá un momento dedicado a la nostalgia, a evocar sucesos divertidos, estrafalarios o dramáticos, a ejercitar la carcajada a mandíbula abierta, a remover el corazón mientras la memoria se adentra en un tiempo pasado que no era ni mejor ni peor; un tiempo entrañable pero remoto. Los temas de conversación se inician con una mínima actualización vital, como si pasáramos revista: profesión, familia, lugar de residencia, cónyuge, pareja, hijos, etcétera, para enseguida adentrarnos en aspectos emocionales donde no ha de faltar alguna que otra separación, alguna que otra aventura o confidencia, algún que otro conflicto laboral, alguna que otra enfermedad, algún que otro éxito, como también fracaso… Se percibe la madurez en la comunicación, un poso de sosiego y experiencia, menos brillo en los ojos, más luz en la cabeza, y espero que la misma intensidad en el corazón. ¿Y más cursilería? Bueno, eso también, al menos, por mi parte. Será cosa de la edad.

Rumbos, un acertado juego de tetris

rumbos-102517841-largeRumbos es una película basada en la sucesión de diferentes historias que, en principio, no parecen guardar relación alguna. Pero en el denominado cine coral (también en literatura), resulta inevitable imaginar que las piezas, tarde o temprano, encajarán como en un puzzle. O mejor, como en un juego de tetris. En efecto, estaríamos ante un tetris cinematográfico en el que las secuencias supuestamente independientes aparecen y se alternan hasta llegar a un final más o menos previsible. Así pues, aguardamos expectantes el momento en el que se producirá la conexión de emociones, pasiones, engaños, encuentros y desencuentros protagonizados por unos personajes que, en su sencillez y humanidad (también en sus dramas y miserias) se erigen en microrepresentantes magistrales de la vida misma. Pero no seré yo quien anuncie si la convergencia se materializa, porque a veces, incluso después de visionar la película, uno continúa girando las piezas de este particular tetris mientras desafía la ley de la gravedad. Rumbos, segundo largometraje que dirige con talento y sensibilidad la cineasta murciana Manuela Burló, nos regala un guión inteligente bien pertrechado de ternura y tensión. Las imágenes nocturnas de Barcelona alcanzan una arrebatadora belleza. Es probable que la excelente banda sonora haya contribuido a mi favorable opinión. La ciudad se presenta con los elementos más característicos de toda urbe que se precie: amplias avenidas bien iluminadas, cruces de calles, semáforos, gasolineras de extrarradio, taxis, autobuses urbanos, policías, ambulancias, altos bloques de viviendas salpicados por infinitos puntos de luz donde vive (o duerme) la gente…
En los asientos delanteros de un coche presenciamos cómo un hombre provoca la amarga turbación de su novia, al anunciarle de repente, y con unos peculiares y controvertidos argumentos, la ruptura de la relación. ¿Pues no iba todo bien?, se preguntará ella. Por el contrario, un taxista (qué buen actor es Karra Elejalde) comparte el apasionado amor que profesa a su esposa a través de un programa radiofónico destinado a solitarios e insomnes. Unos jóvenes atraviesan las calles de Barcelona a toda velocidad en un flamante descapotable. En el interior de una ambulancia, dos tipos, uno feliz y otro no tanto, agotan las últimas horas de la noche mientras se confían ciertos secretos. Vemos a un camionero tímido e inseguro que dice amar a una mujer pero jamás se lo ha confesado.
Leyendo esta crítica puede que la sombra de Robert Altman y el clásico largometraje “Vidas cruzadas”, basada en los extraordinarios relatos de Raymond Carver (en casos de adaptaciones suelo preferir el libro) planee sobre el lector. Pero no, descuida. Jamás te encontrarás con dos productos corales similares, ya sean en cine o en literatura.
Existen películas muy peliculeras, tan entretenidas como inverosímiles, que nos muestran un mundo que nunca podrá ser verdad. Otras, en cambio, resultan de una apariencia tan real que llegan a conmover. Rumbos podría ser de estas últimas, aunque también y por momentos, un poco de las otras. Y en eso también reside su acierto. Como en el juego de tetris, en ocasiones las piezas se acoplan a la perfección, y en otras no. Y eso no siempre depende del guión, ni de los actores, ni de la dirección. Porque en los tetris cinematográficos, el comando pertenece en última instancia a los espectadores. Rumbos es una película compacta y altamente recomendable dirigida por Manuela Burló, a quien, por cierto, habrá que seguir con interés en sus futuros trabajos.

 

DE PUERTAS ADENTRO

Todos los partidos desean alcanzar el poder, pero solo unos cuantos logran su objetivo. Una de las claves reside en el posicionamiento percibido por el electorado. Analicemos la reciente historia política de nuestro país. Primero fue UCD, que hasta en sus siglas llevaba la mágica definición: “Centro”. En aquella España que despertaba a la democracia, un tanto confundida por un batiburrillo de letras, partidos y coaliciones, el nombre de UCD, defendido por un líder apuesto, de perfil moderado y con excelentes dotes para la comunicación, fue decisivo para su éxito. A continuación llegó el PSOE, que se alejó de los extremos y renunció al marxismo para definirse como una joven y moderna organización socialdemócrata europea. Finalmente ocurrió con AP, que refundó el partido con otro nombre y otro líder. Ya no representaban a la derecha, sino al centro-derecha. Por lo demás, colocaron al fundador en su tierra natal, donde pudo seguir desempeñando su peculiar “ordeno y mando” durante algunos años más.

Con la victoria de Iglesias hoy en Vistalegre, no parece que el escoramiento hacia el centro sea la estrategia decidida por Podemos. Errejón representa el pragmatismo, la racionalidad, el análisis de la realidad y la superación de las limitaciones ideológicas utilizando la cabeza, aún a costa de sacrificar (o eclipsar) algunos de sus postulados ideológicos. Iglesias, por contra, es más nervio, más pasión, más víscera… ¡Más calle!, grita puño en alto. Ambos defienden un populismo neocomunista no exento de atractivo para un limitado sector de la sociedad. Atractivo, sí, pero limitado, también. Porque su bajo techo electoral se me antoja, al día de hoy, infranqueable. Creo que Errejón tiene más presente la realidad sociológica del país, y también creo que su estrategia era más acertada. Para hacerse una idea, basta echarle un vistazo a la pregunta número 10 del último barómetro del CIS. Con esa almagama ideológica, ¿dónde situamos a Podemos?

Captura de pantalla 2017-02-12 a las 21.10.19

Hoy domingo, en Vistalegre, ha ganado Iglesias, pero solo de puertas adentro. También creo que ha ganado el PP, y no solo por su Congreso, donde todo sigue igual para que todo mejore. En cuanto al PSOE, hasta hace poco alternativa de gobierno, pienso que la victoria de Iglesias le beneficia, porque refuerza una percepción radical y extrema de su principal adversario por la izquierda. No obstante,  el PSOE tendrá que superar aun otras batallas fraticidas (e ideológicas) mucho más complicadas que las vividas por los podemitas.

 

LAS FEAS TAMBIÉN PUEDEN ESTAR BUENAS

feas

El titular  engancha, las cosas como son. Y además, la noticia es interesante. Conviene saber que en torno al 15 % de los productos agrícolas se desechan por criterios de calidad relacionados con la forma, color, calibre, textura, etc. Pero detengámonos un instante en las palabras. Si nos referimos a las hortalizas (sustantivo femenino), no parece muy habitual que utilicemos el adjetivo guapa para calificar a una hortaliza, aunque sí sería más común lo de fea. Si nos centramos en las fotografías de los pimientos que ilustran el artículo (pimiento, sustantivo masculino), el periodista tendría que haber redactado “LOS FEOS TAMBIÉN PUEDEN ESTAR BUENOS”. En ese caso, ¿qué titular hubiera resultado más atractivo? Y luego están las connotaciones del adverbio “también”. Es decir, a sensu contrario, entiendo que el periodista se refiere, de manera implícita, a que las guapas (las hortalizas “guapas”…) están buenas, sin excepción, mientras que las feas, ¿unas veces sí y otras no? Yo no estoy de acuerdo. Todos sabemos que hay hortalizas “guapas” que no saben a nada y resultan un verdadero fraude y, por contra, existen hortalizas “feas”, no solo buenas, sino exquisitas. Ya, ya… Pensáis que cuando redactaba el titular, el periodista tenía a las mujeres, en general, en mente. ¿A que sí?  Desde luego, la extensión del titular LAS HORTALIZAS FEAS TAMBIÉN PUEDEN ESTAR BUENAS excedía de las columnas disponibles. Habría sido un titular algo chocante, y habría reparado en él, pero no tanto como para escribir aquí, la verdad.

Fuente. La Voz de Almería, 9 de febrero de 2017.

 

Nieva en Almería, felizmente

LUCAINENA

Lucainena de las Torres

Veo a mucha gente entusiasmada y feliz que disfruta con la ola de frío. Parece que las bajas temperaturas animan el espíritu. Nos gusta abrigarnos bien, salir a la calle y sentir la protección de este helor que nos invade. Pero también nos apetece exponernos un poco a la intemperie, hundir las manos en los bolsillos y encogernos levemente mientras alzamos los hombros, como si de esta forma lográramos resguardarnos mejor. Hay quienes celebran el frío escapando de la ciudad para volver la mirada hacia las casas rurales y las indispensables chimeneas, planeando encuentros hogareños frente a llamas abrasadoras y el crepitar de la leña ardiendo. “Pues yo, en cuanto salga de aquí, me voy al pueblo, enciendo el fuego y de allí no me muevo”, me confiesan durante los breves segundos de ascensor, con anticipada satisfacción. “Eso sí que es vida”, añado yo, mientras miro de reojo cuántas plantas restan para alcanzar mi destino. Y si se levantan del sofá, me advierten, será para traer más viandas que, desde luego, habrán de sacrificar en la lumbre. ¡Ay, cómo disfrutamos con el frío! Las redes sociales se inundan de paisajes nevados que deseamos compartir una y mil veces. Los pueblos de Almería muestran una belleza descarnada y salvaje que nos contagia de júbilo y, no sé muy bien por qué, también de exagerada fraternidad. Son estampas un tanto insólitas que muy pronto desaparecerán. Porque los inviernos de Almería son breves, eso sí que sí.

Líjar

Líjar

A través de la ventana diviso las cumbres nevadas de Sierra Alhamilla e imagino, no sin cierta ingenuidad, que el temporal avanza hacia el sur. Muy pronto caerán con suavidad copos de nieve sobre el Hospital Torrecárdenas, cubrirán los alrededores del Centro Comercial Alcampo, y dibujarán una estela blanca a lo largo y ancho de la avenida del Mediterráneo. Bah, soñar no cuesta nada. Entro en la cafetería y compruebo que el camarero desarrolla su labor en manga corta. Ahí lo ves, moviéndose tras la barra con destreza y eficacia, ajeno al helor que la clientela trae de la calle. Y al dejar la taza de café sobre el platillo, formula la tradicional pregunta (en estos tiempos más inapropiada que nunca): “¿Cómo quiere la leche?” Caliente, caliente, nos apresuramos a responder en tono de súplica.

Alcudia de Monteagud

Alcudia de Monteagud

Los días helados de invierno invitan al recogimiento, a la complicidad, a permanecer unidos bajo el calor de la manta, a pasar las horas devorando películas o viendo frívolos programas de televisión, a leer sin prisas. El frío se celebra y el calor se combate. Enero nos depara silencio, contemplación, sosiego. Agosto incita a la diversión y al ajetreo. Con el frío nos acurrucamos en la cama y permanecemos inmóviles, soportando el peso de las mantas con indescriptible placer. En verano nos tumbamos sobre el colchón, libres de carga, despojados de prendas, dispuestos a todo. Los inviernos de Almería son efímeros, porque uno tiene la sensación de que pronto desapareceran los fríos, las nieves, el hielo.

Pero volverán las estampas de siempre, y recordaremos, eso sí, que el último invierno nevó en Almería, felizmente.

Fondón

Fondón

Reseña de Francisco Galera sobre LOS AÑOS DE LA SEÑORITA CELIA

CELIA VIÑAS DESDE LA PERSPECTIVA LITERARIA DE PEDRO ASENSIO

Francisco Galera, profesor titular de Lengua y Literatura de la UAL
Diario de Almería, 22 de abril de 2015

Los años de la señorita Celia, editorial Verbum, es una noFRANCISCO-GALERAvela de Pedro Asensio Romero que se lee de un tirón por su interés, su riqueza de datos, los nombres que aporta y, especialmente, por el retrato exacto de la Almería de aquellos años posteriores a la Guerra Civil. Muestra un profundo conocimiento de la realidad social, política y cultural de aquella ciudad.
Todo ello con un estilo sencillo, asequible para cualquier lector y, al mismo tiempo, con un lenguaje cuidado y perfectamente redactada. El autor ha sabido documentarse muy bien en todas las fuentes que podían aportarle una base sólida para esta historia novelada que gira, fundamentalmente, alrededor de los dos personajes, cuyo centenario de su nacimiento celebramos en 2015: Celia Viñas y Jesús de Perceval.
El autor ha novelado un periodo de la historia de Almería que en 1940 era un desierto cultural. En una ciudad tan relativamente pequeña (unos 75.000 habitantes) parecía fácil la existencia de una implacable censura de tipo moral, religioso, político y cultural. La propia Celia escribe: “Allá por el año 1943 el ambiente espiritual de Almería era, como en las novelas de aventuras, un paisaje de naufragio. El robinsonismo literario estaba tan acusado que creíamos vivir en una isla desierta”. Ante este panorama tan desolador surge de forma necesaria el Movimiento Indaliano. De tal manera que, en palabras de la propia Celia, “ahora, gracias a los indalianos, el ambiente de Almería es una atmósfera cálida, pero respirable, batida por las invisibles alas de los ángeles del Sur. Un pueblo donde tanto se discute de arte como de deporte. Una ciudad donde puede sentirse una inquietud colectiva ante una exposición pictórica, una conferencia de tipo literario, una representación teatral”.
Este movimiento se proyecta a lo largo y ancho del plano nacional a partir del espaldarazo que reciben en Madrid, en junio de 1947, especialmente por parte de Eugenio D’Ors, y con las intervenciones de Jesús de Perceval y Celia Viñas.
El autor de la novela recoge un claro perfil no solo de estos dos personajes, protagonistas del relato, sino de otros muchos relevantes de aquella época difícil y que ha sabido describir con tal detalle que su imagen nos viene a la memoria: Eugenio D’Ors, Hipólito Escolar, Manolo del Águila, Francisco Saiz, Luis Úbeda, etc. Igualmente, sus alumnos más destacados: Gómez Arcos, García Ferre, Cañadas, Anchóriz, Gaspar Cuenca, etc.
Es preciosa la descripción de los detalles de la infancia de Gómez Arcos en el capítulo diecinueve. Su pluma es como una cámara fotográfica. Sabe captar el “ojo clínico” de la profesora para descubrir talentos en su aula.
Otro aspecto que debemos valorar en esta novela es el recorrido por los lugares emblemáticos de la ciudad: Hotel Simón, Paseo, Casino, Círculo, Talleres Oliveros, nombres de tiendas, etc., aportando datos y detalles al entramado de la obra. También destacable es la relación amorosa de Celia y Arturo en varios de sus capítulos.
Desde estas líneas invito a leer la novela porque, desde una perspectiva literaria, nos da otra visión de la señorita Celia que completa la que yo recogí en Vida y obra de Celia Viñas, fruto de una tesis doctoral, en 1991. Y porque, en definitiva, esta obra dejará una huella en todos aquellos que se interesen por aquella Almería y sus protagonistas.