Pedro Asensio

Rumbos, un acertado juego de tetris

rumbos-102517841-largeRumbos es una película basada en la sucesión de diferentes historias que, en principio, no parecen guardar relación alguna. Pero en el denominado cine coral (también en literatura), resulta inevitable imaginar que las piezas, tarde o temprano, encajarán como en un puzzle. O mejor, como en un juego de tetris. En efecto, estaríamos ante un tetris cinematográfico en el que las secuencias supuestamente independientes aparecen y se alternan hasta llegar a un final más o menos previsible. Así pues, aguardamos expectantes el momento en el que se producirá la conexión de emociones, pasiones, engaños, encuentros y desencuentros protagonizados por unos personajes que, en su sencillez y humanidad (también en sus dramas y miserias) se erigen en microrepresentantes magistrales de la vida misma. Pero no seré yo quien anuncie si la convergencia se materializa, porque a veces, incluso después de visionar la película, uno continúa girando las piezas de este particular tetris mientras desafía la ley de la gravedad. Rumbos, segundo largometraje que dirige con talento y sensibilidad la cineasta murciana Manuela Burló, nos regala un guión inteligente bien pertrechado de ternura y tensión. Las imágenes nocturnas de Barcelona alcanzan una arrebatadora belleza. Es probable que la excelente banda sonora haya contribuido a mi favorable opinión. La ciudad se presenta con los elementos más característicos de toda urbe que se precie: amplias avenidas bien iluminadas, cruces de calles, semáforos, gasolineras de extrarradio, taxis, autobuses urbanos, policías, ambulancias, altos bloques de viviendas salpicados por infinitos puntos de luz donde vive (o duerme) la gente…

En los asientos delanteros de un coche presenciamos cómo un hombre provoca la amarga turbación de su novia, al anunciarle de repente, y con unos peculiares y controvertidos argumentos, la ruptura de la relación. ¿Pues no iba todo bien?, se preguntará ella. Por el contrario, un taxista (qué buen actor es Karra Elejalde) comparte el apasionado amor que profesa a su esposa a través de un programa radiofónico destinado a solitarios e insomnes. Unos jóvenes atraviesan las calles de Barcelona a toda velocidad en un flamante descapotable. En el interior de una ambulancia, dos tipos, uno feliz y otro no tanto, agotan las últimas horas de la noche mientras se confían ciertos secretos. Vemos a un camionero tímido e inseguro que dice amar a una mujer pero jamás se lo ha confesado.

Leyendo esta crítica puede que la sombra de Robert Altman y el clásico largometraje “Vidas cruzadas”, basada en los extraordinarios relatos de Raymond Carver (en casos de adaptaciones suelo preferir el libro) planee sobre el lector. Pero no, descuida. Jamás te encontrarás con dos productos corales similares, ya sean en cine o en literatura.

Existen películas muy peliculeras, tan entretenidas como inverosímiles, que nos muestran un mundo que nunca podrá ser verdad. Otras, en cambio, resultan de una apariencia tan real que llegan a conmover. Rumbos podría ser de estas últimas, aunque también y por momentos, un poco de las otras. Y en eso también reside su acierto. Como en el juego de tetris, en ocasiones las piezas se acoplan a la perfección, y en otras no. Y eso no siempre depende del guión, ni de los actores, ni de la dirección. Porque en los tetris cinematográficos, el comando pertenece en última instancia a los espectadores. Rumbos es una película compacta y altamente recomendable dirigida por Manuela Burló, a quien, por cierto, habrá que seguir con interés en sus futuros trabajos.

 

DE PUERTAS ADENTRO

Todos los partidos desean alcanzar el poder, pero solo unos cuantos logran su objetivo. Una de las claves reside en el posicionamiento percibido por el electorado. Analicemos la reciente historia política de nuestro país. Primero fue UCD, que hasta en sus siglas llevaba la mágica definición: “Centro”. En aquella España que despertaba a la democracia, un tanto confundida por un batiburrillo de letras, partidos y coaliciones, el nombre de UCD, defendido por un líder apuesto, de perfil moderado y con excelentes dotes para la comunicación, fue decisivo para su éxito. A continuación llegó el PSOE, que se alejó de los extremos y renunció al marxismo para definirse como una joven y moderna organización socialdemócrata europea. Finalmente ocurrió con AP, que refundó el partido con otro nombre y otro líder. Ya no representaban a la derecha, sino al centro-derecha. Por lo demás, colocaron al fundador en su tierra natal, donde pudo seguir desempeñando su peculiar “ordeno y mando” durante algunos años más.

Con la victoria de Iglesias hoy en Vistalegre, no parece que el escoramiento hacia el centro sea la estrategia decidida por Podemos. Errejón representa el pragmatismo, la racionalidad, el análisis de la realidad y la superación de las limitaciones ideológicas utilizando la cabeza, aún a costa de sacrificar (o eclipsar) algunos de sus postulados ideológicos. Iglesias, por contra, es más nervio, más pasión, más víscera… ¡Más calle!, grita puño en alto. Ambos defienden un populismo neocomunista no exento de atractivo para un limitado sector de la sociedad. Atractivo, sí, pero limitado, también. Porque su bajo techo electoral se me antoja, al día de hoy, infranqueable. Creo que Errejón tiene más presente la realidad sociológica del país, y también creo que su estrategia era más acertada. Para hacerse una idea, basta echarle un vistazo a la pregunta número 10 del último barómetro del CIS. Con esa almagama ideológica, ¿dónde situamos a Podemos?

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Hoy domingo, en Vistalegre, ha ganado Iglesias, pero solo de puertas adentro. También creo que ha ganado el PP, y no solo por su Congreso, donde todo sigue igual para que todo mejore. En cuanto al PSOE, hasta hace poco alternativa de gobierno, pienso que la victoria de Iglesias le beneficia, porque refuerza una percepción radical y extrema de su principal adversario por la izquierda. No obstante,  el PSOE tendrá que superar aun otras batallas fraticidas (e ideológicas) mucho más complicadas que las vividas por los podemitas.

 

LAS FEAS TAMBIÉN PUEDEN ESTAR BUENAS

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El titular  engancha, las cosas como son. Y además, la noticia es interesante. Conviene saber que en torno al 15 % de los productos agrícolas se desechan por criterios de calidad relacionados con la forma, color, calibre, textura, etc. Pero detengámonos un instante en las palabras. Si nos referimos a las hortalizas (sustantivo femenino), no parece muy habitual que utilicemos el adjetivo guapa para calificar a una hortaliza, aunque sí sería más común lo de fea. Si nos centramos en las fotografías de los pimientos que ilustran el artículo (pimiento, sustantivo masculino), el periodista tendría que haber redactado “LOS FEOS TAMBIÉN PUEDEN ESTAR BUENOS”. En ese caso, ¿qué titular hubiera resultado más atractivo? Y luego están las connotaciones del adverbio “también”. Es decir, a sensu contrario, entiendo que el periodista se refiere, de manera implícita, a que las guapas (las hortalizas “guapas”…) están buenas, sin excepción, mientras que las feas, ¿unas veces sí y otras no? Yo no estoy de acuerdo. Todos sabemos que hay hortalizas “guapas” que no saben a nada y resultan un verdadero fraude y, por contra, existen hortalizas “feas”, no solo buenas, sino exquisitas. Ya, ya… Pensáis que cuando redactaba el titular, el periodista tenía a las mujeres, en general, en mente. ¿A que sí?  Desde luego, la extensión del titular LAS HORTALIZAS FEAS TAMBIÉN PUEDEN ESTAR BUENAS excedía de las columnas disponibles. Habría sido un titular algo chocante, y habría reparado en él, pero no tanto como para escribir aquí, la verdad.

Fuente. La Voz de Almería, 9 de febrero de 2017.

 

Nieva en Almería, felizmente

LUCAINENA

Lucainena de las Torres

Veo a mucha gente entusiasmada y feliz que disfruta con la ola de frío. Parece que las bajas temperaturas animan el espíritu. Nos gusta abrigarnos bien, salir a la calle y sentir la protección de este helor que nos invade. Pero también nos apetece exponernos un poco a la intemperie, hundir las manos en los bolsillos y encogernos levemente mientras alzamos los hombros, como si de esta forma lográramos resguardarnos mejor. Hay quienes celebran el frío escapando de la ciudad para volver la mirada hacia las casas rurales y las indispensables chimeneas, planeando encuentros hogareños frente a llamas abrasadoras y el crepitar de la leña ardiendo. “Pues yo, en cuanto salga de aquí, me voy al pueblo, enciendo el fuego y de allí no me muevo”, me confiesan durante los breves segundos de ascensor, con anticipada satisfacción. “Eso sí que es vida”, añado yo, mientras miro de reojo cuántas plantas restan para alcanzar mi destino. Y si se levantan del sofá, me advierten, será para traer más viandas que, desde luego, habrán de sacrificar en la lumbre. ¡Ay, cómo disfrutamos con el frío! Las redes sociales se inundan de paisajes nevados que deseamos compartir una y mil veces. Los pueblos de Almería muestran una belleza descarnada y salvaje que nos contagia de júbilo y, no sé muy bien por qué, también de exagerada fraternidad. Son estampas un tanto insólitas que muy pronto desaparecerán. Porque los inviernos de Almería son breves, eso sí que sí.

Líjar

Líjar

A través de la ventana diviso las cumbres nevadas de Sierra Alhamilla e imagino, no sin cierta ingenuidad, que el temporal avanza hacia el sur. Muy pronto caerán con suavidad copos de nieve sobre el Hospital Torrecárdenas, cubrirán los alrededores del Centro Comercial Alcampo, y dibujarán una estela blanca a lo largo y ancho de la avenida del Mediterráneo. Bah, soñar no cuesta nada. Entro en la cafetería y compruebo que el camarero desarrolla su labor en manga corta. Ahí lo ves, moviéndose tras la barra con destreza y eficacia, ajeno al helor que la clientela trae de la calle. Y al dejar la taza de café sobre el platillo, formula la tradicional pregunta (en estos tiempos más inapropiada que nunca): “¿Cómo quiere la leche?” Caliente, caliente, nos apresuramos a responder en tono de súplica.

Alcudia de Monteagud

Alcudia de Monteagud

Los días helados de invierno invitan al recogimiento, a la complicidad, a permanecer unidos bajo el calor de la manta, a pasar las horas devorando películas o viendo frívolos programas de televisión, a leer sin prisas. El frío se celebra y el calor se combate. Enero nos depara silencio, contemplación, sosiego. Agosto incita a la diversión y al ajetreo. Con el frío nos acurrucamos en la cama y permanecemos inmóviles, soportando el peso de las mantas con indescriptible placer. En verano nos tumbamos sobre el colchón, libres de carga, despojados de prendas, dispuestos a todo. Los inviernos de Almería son efímeros, porque uno tiene la sensación de que pronto desapareceran los fríos, las nieves, el hielo.

Pero volverán las estampas de siempre, y recordaremos, eso sí, que el último invierno nevó en Almería, felizmente.

Fondón

Fondón

Reseña de Francisco Galera sobre LOS AÑOS DE LA SEÑORITA CELIA

CELIA VIÑAS DESDE LA PERSPECTIVA LITERARIA DE PEDRO ASENSIO

Francisco Galera, profesor titular de Lengua y Literatura de la UAL
Diario de Almería, 22 de abril de 2015

Los años de la señorita Celia, editorial Verbum, es una noFRANCISCO-GALERAvela de Pedro Asensio Romero que se lee de un tirón por su interés, su riqueza de datos, los nombres que aporta y, especialmente, por el retrato exacto de la Almería de aquellos años posteriores a la Guerra Civil. Muestra un profundo conocimiento de la realidad social, política y cultural de aquella ciudad.
Todo ello con un estilo sencillo, asequible para cualquier lector y, al mismo tiempo, con un lenguaje cuidado y perfectamente redactada. El autor ha sabido documentarse muy bien en todas las fuentes que podían aportarle una base sólida para esta historia novelada que gira, fundamentalmente, alrededor de los dos personajes, cuyo centenario de su nacimiento celebramos en 2015: Celia Viñas y Jesús de Perceval.
El autor ha novelado un periodo de la historia de Almería que en 1940 era un desierto cultural. En una ciudad tan relativamente pequeña (unos 75.000 habitantes) parecía fácil la existencia de una implacable censura de tipo moral, religioso, político y cultural. La propia Celia escribe: “Allá por el año 1943 el ambiente espiritual de Almería era, como en las novelas de aventuras, un paisaje de naufragio. El robinsonismo literario estaba tan acusado que creíamos vivir en una isla desierta”. Ante este panorama tan desolador surge de forma necesaria el Movimiento Indaliano. De tal manera que, en palabras de la propia Celia, “ahora, gracias a los indalianos, el ambiente de Almería es una atmósfera cálida, pero respirable, batida por las invisibles alas de los ángeles del Sur. Un pueblo donde tanto se discute de arte como de deporte. Una ciudad donde puede sentirse una inquietud colectiva ante una exposición pictórica, una conferencia de tipo literario, una representación teatral”.
Este movimiento se proyecta a lo largo y ancho del plano nacional a partir del espaldarazo que reciben en Madrid, en junio de 1947, especialmente por parte de Eugenio D’Ors, y con las intervenciones de Jesús de Perceval y Celia Viñas.
El autor de la novela recoge un claro perfil no solo de estos dos personajes, protagonistas del relato, sino de otros muchos relevantes de aquella época difícil y que ha sabido describir con tal detalle que su imagen nos viene a la memoria: Eugenio D’Ors, Hipólito Escolar, Manolo del Águila, Francisco Saiz, Luis Úbeda, etc. Igualmente, sus alumnos más destacados: Gómez Arcos, García Ferre, Cañadas, Anchóriz, Gaspar Cuenca, etc.
Es preciosa la descripción de los detalles de la infancia de Gómez Arcos en el capítulo diecinueve. Su pluma es como una cámara fotográfica. Sabe captar el “ojo clínico” de la profesora para descubrir talentos en su aula.
Otro aspecto que debemos valorar en esta novela es el recorrido por los lugares emblemáticos de la ciudad: Hotel Simón, Paseo, Casino, Círculo, Talleres Oliveros, nombres de tiendas, etc., aportando datos y detalles al entramado de la obra. También destacable es la relación amorosa de Celia y Arturo en varios de sus capítulos.
Desde estas líneas invito a leer la novela porque, desde una perspectiva literaria, nos da otra visión de la señorita Celia que completa la que yo recogí en Vida y obra de Celia Viñas, fruto de una tesis doctoral, en 1991. Y porque, en definitiva, esta obra dejará una huella en todos aquellos que se interesen por aquella Almería y sus protagonistas.

Cicatriz

Durante esta Feria del Libro de Almería había prometido reseñar algunas de mis últimas lecturas; han pasado los días y yo 13178962_1028870707148568_2801109767826658511_ncon la tarea pendiente. En fin, no importa. ¡Que siga la feria!
Cicatriz es una novela que muestra la insólita relación que surge entre una mujer y un enigmático sujeto llamado Knut, al que llega a conocer a través de un chat de internet. ¿Amor? ¿Vanidad? ¿Extravagancia? ¿Transgresión? Pues no sabría deciros… Lo cierto es que nuestra protagonista, Sonia, no puede evitar una inquietante sensación de curiosidad mezclada con satisfacción al comprobar cómo se sitúa en el centro de atención de un tipo complejo, petulante y extremadamente inteligente que es capaz de robar para ella, solo para ella, y sin pedir, en principio, nada a cambio. Empieza por libros, luego pasa a perfumes, ropa interior, calzado, etcétera. ¿Seguro que no pide nada a cambio?, os preguntaréis. En realidad, Knut cree que la destinataria de sus regalos podría ser una gran escritora. Por eso, convencida de su talento, le invita a que abandone su trabajo y escriba, escriba mucho. No debe preocuparse de los aspectos económicos, que para eso ya está él, con su habilidad y osadía para proporcionarle lo que haga falta y sin riesgo alguno. Cicatriz, novela de Sara Mesa (Madrid, 1976) y uno de los últimos éxitos/aciertos de la editorial Anagrama, no presenta un argumento sencillo, ni falta que le hace. La Literatura existe para ampliar el punto de mira y las experiencias vitales hacia otros mundos que no se encuentran a nuestro alcance. Bueno, ejem, no se encuentran porque no queremos…

Departamento de especulaciones

Imaginemos a una escritora que va anotando de forma fragmentada diversas reflexiones, sueños, ilusiones o temores vitales que rondan por su cabeza. Así es como Jenny Offil (Massachusetts, 1968) construye su segunda novela “Departamento de Especulaciones” (Libros del Asteroide). “ Mi plan consistía en no casarme nunca”, confiesa la protagonista en las primeras páginas. Pero conforme avanzamos en la lectura, descubrimos que los propósitos de juventud no siempre se cumplen. Nuestra protagonista se casa con un hombre, al parecer “bueno y guapo”, tienen una hija que apenas la deja dormir, sufre insomnio, sobrevive a una invasión de chinches en su apartamento de Brooklyn, reconoce cierta inadaptación en sus clases de yoga, explica cómo evolucion9788416213641_24a el insufrible libro que prepara por encargo o disfruta de los placeres que le regala la maternidad, entre otros detalles más o menos sustanciales. “Hay una foto mía de bebé con mi madre. Me lleva en brazos y tiene una expresión irreprimible en el rostro. Durante muchos años me hizo sentir vergüenza. Pero ahora hay una foto mía con la niña en brazos en la que tengo exactamente el mismo aspecto”. La novela atraviesa un punto de inflexión cuando la esposa descubre que el marido mantiene una relación con una joven pelirroja (“el mismo color del que solía teñirme el pelo”, confiesa desolada). A partir de ese momento, la narración de la protagonista abandona la perspectiva de la primera persona, como si la introspección inicial se transformara en un punto de vista objetivo, aunque también fragmentado, de sus vicisitudes matrimoniales: el distanciamiento de la tercera persona como recurso literario para aliviar el sufrimiento causado por la infidelidad de ese marido bueno y guapo, supongo. “Departamento de Especulaciones” me ha parecido una novela con una estructura original y bastante entretenida. Conserva un ritmo sostenido y se lee rápido, la verdad. Su mayor acierto quizá sea, no solo lo que cuenta y cómo lo cuenta, sino lo que desconocemos (pero intuimos o imaginamos) de ese puzzle incompleto que conforma la vida conyugal de su protagonista.

Palabra de Sal

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Ahora que se aproxima la Feria del Libro de Almería, aprovecharé estos días tan propicios para reseñar muy brevemente algunas de mis últimas lecturas. Empezaré por “Palabra de Sal” (Tropo Editores), una bellísima novela que recrea el mundo rural de una niña que vive en un cortijo, alejada de su pueblo. Los hechos transcurren a finales del siglo XX, una época reciente, a pesar de que el ambiente, las costumbres y las tareas cotidianas narradas por su protagonista nos transportan a ese espacio atemporal que caracteriza las historias de campo bien narradas. Decía Delibes que toda novela ha de contar, al menos, con un personaje, un territorio y una pasión. En “Palabra de Sal”, el territorio, descrito con tanta sutileza y precisión, adquiere tal fuerza, que su presencia irrumpe como si de otro protagonista se tratara. He descubierto a esta autora gracias a un artículo del escritor José María Pérez Zúñiga. Empezaba diciendo lo siguiente: “Mónica Collado Cañas (Granada, 1980) ha escrito una novela memorable…”. Con esas palabras entenderéis cómo y por qué surgió mi interés por esta autora y su primera novela. Después de haber leído “Palabra de Sal”, ganadora del XIX Premio Vargas Llosa otorgado por la Universidad de Murcia, solo me queda confirmar el calificativo de “memorable”. No es ésta una novela pensada para lectores apresurados en busca de acciones trepidantes. “Palabra de Sal”, novela destinada a quienes deseen apreciar literatura de alto voltaje a través de una prosa cuidada con esmero y elegancia, es una novela que inspira sosiego y templanza, feliz pero también triste; una obra, en fin, que nos permitirá disfrutar de la entrañable sensibilidad de una mujer inteligente, capaz de discernir que el mundo de su infancia está a punto de morir para revivir eternamente en su memoria.

PINBALL 1973, MURAKAMI, RAFAEL NARBONA Y EL CULTURAL

Transcribiré de forma resumida la reseña de Rafael Narbona publicada en El Cultural de esta semana:

urlMurakami era el propietario de un bar de jazz. Servir copas mientras sonaban Miles Davis o David Brubeck le parecía infinitamente mejor que trabajar en una oficina. Un día se encontraba viendo un partido de beibol de los Yakult Swallows, un equipo pobre y sin estrellas. David Hilton, un bateador norteamericano, esbelto y desconocido, propinó un bonito y sonoro golpe a la pelota, logrando avanzar hasta la segunda base. El escaso público apaludió y Murakami pensó: “Sí. Quizá también yo pudiera convertirme en novelista”.

Al finalizar el partido, Murakami viajó en tren hasta Shinjuku, compró papel de escribir y una pluma estilográfica. Escribía de noche y poco antes del amanecer, pues el bar ocupaba el resto de su tiempo. Necesitó medio año para elaborar Escucha la canción del viento, una novela breve que ya contiene las líneas maestras de su mundo narrativo. Cuando leyó el manuscrito, descubrió que el resultado era insatisfactorio. Abandonó la pluma, que la había inspirado una sensación de fescor y aventura, y cambió de idioma. Al no dominar el inglés, sus frases eran breves y algo esquemáticas, pero no había nada superfluo o afectado. No le pareció suficiente. Recuperó la estilográfica, tradujo el texto inglés al japonés (o mejor dicho, hizo un “transplante”), y envió el original a un certamen para escritores noveles. Logró clasificarse entre los cinco finalistas. Poco después, se topó en la calle con una paloma herida. Compadecido, la recogió para curarla y experimentó una nueva “epifanía”. Ganaría el concurso, sería escritor y encadenaría un libro tras otro.

He aquí una muestra de por qué me gusta tanto El Cultural. Resulta imposible que pueda leer todos los libros que aparecen en esta revista semanal, pero disfruto mucho con los artículos, reportajes y algunas entrevistas publicadas. En este caso, y tras leer atentamente la reseña de Rafael Narbona, puedo afirmar que Pinball 1973,  la segunda novela de Haruki Murakami, será una de las próximas.

Últimas lecturas

UN CIRun-circo-pasa-1CO PASA.     Dejarse llevar por la literatura de Patrick Modiano representa una especie de relajación, un estado mental en el que predomina el sosiego, la mirada hacia un mar en calma, la caricia de una brisa apenas perceptible. Parece que no pasa nada, y lo que pasa ya lo has vivido, pero de otra forma… Pero no; sí que pasa. Me siento incapaz de explicar qué ocurre con Patrick (solo me falta tutearle) el último Premio Nobel. Hay un algo magnético que te impide abandonar su lectura.

OSO.    Dicen que la novela de moda de la editorial ImpedimentaEl-oso constituye un claro exponente del ecofeminismo narrativo, subgénero que no sé si existe pero que “posturea” bien en los suplementos culturales y en los ambientes de tendencias de “rabiosa actualidad”. Absténganse los adictos a las sombras de Grey, forofos de Prety Woman y buscadores de emociones sexuales intensas. Total, es (a grandes rasgos) la historia de una mujer, un oso (su lengua) y una isla desierta de Canadá, bella, bella, bella.

urlLA BICICLETA DE SUMJI.    Nunca decepciona. Me refiero a Amos Oz, un escritor muy inteligente y agradabilísimo. La sencillez no solo no está reñida con la belleza. La sencillez fundamenta la belleza literaria. Con este hombre, la vida es bella y además, necesaria, todo lo contrario que en Amarillo (léase el siguiente párrafo). Si te gusta leer, vivir sin Amos Oz sería un error imperdonable.

AMARILLO.    ¿Qué se esconde detrás de un suicidio? Felix Romeo pretende biografiar a su9788486702847 amigo, un joven de su barrio, aspirante a escritor, quien un fatídico día decide aplastar su vida lanzándose al vacío desde el balcón de un piso de alquiler, en Barcelona, allá por los años noventa. Creo que Romeo pretende curarse de una de las peores enfermedades que existen: la tristeza causada por la estupidez. No sé si lo consigue. A mí me ha transmitido una desazón tremenda, y, aún así, no he podido dejar de leer esta inquietante miscelánea.